Abdoulaye vivía en una nave okupada en la calle Puigcerdá, en el barrio del Poble Nou.
El sitio no era muy bonito, era una ex-fábrica textil abandonada, llena de tintas tóxicas para tejidos e inquietantes pedazos de maniquíes, pero ahí encontró a su comunidad.
Trabajó por casi un mes, noche y día, para construir su restaurante, para que los trastos encontrados en la nave luciesen confortables para sus clientes. Y al final logró montar su negocio, comprando planchas y cafeteras con sus ultimos ahorros.
Su bar estaba abierto las 24 horas: podía ofrecer comida rica a todos los demás habitantes de la nave y a los trabajadores de la chatarra, a precios accesibles y a veces gratis para los que no podía permitírselo; además empleaba a otras 4 personas.
Ahí, él no tenía su vivienda propia, dormía en el bar porque lo que más era importante para él era su trabajo.
Cuando desalojaron la nave, perdió su autonomía, el rol que tenía en su comunidad y la posibilidad de poder ayudar a sus compañeros. Después de un tiempo sin una vivienda, pudo volver a okupar en otros edificios abandonados del Raval. Sin embargo, nunca pudo volver a sentirse del todo en “casa”: el miedo a sufrir un nuevo desalojo; la dificultad de negociar constantemente entre sus necesidades personales y las obligaciones comunitarias; la imposibilidad de desarrollar ahí dentro una actividad laboral autónoma le impiden apropiarse completamente del espacio.
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